Eficiencia: ¿cómo enfrentar sus problemas desde una perspectiva económica moderna?

DIEGO MACERA, GERENTE GENERAL DEL INSTITUTO PERUANO DE ECONOMÍA (IPE)

En la provincia de Entre Ríos, al norte de Buenos Aires, Francisco Caffarena sembró los primeros arándanos de Argentina. Era una jugada arriesgada. No había estudios que evaluaran la viabilidad del cultivo en tierras argentinas, ni sobre el tipo de arándano a sembrar, ni menos personal técnico capacitado.

La apuesta fue exitosa. La empresa del señor Caffarena, Vergel, hizo su primera exportación en 1994 tras invertir US$200,000. El volumen exportado era tan pequeño que el mismo señor Caffarena llevó los productos en su carro al aeropuerto de Ezeiza. Catorce años más tarde, los arándanos argentinos se convirtieron en una industria de US$58 millones en exportaciones.

La economía moderna debe dejar espacio para experimentar alrededor de algunos de sus paradigmas sobre el rol del Estado

Al poco tiempo, competidores de Vergel se multiplicaron, y unos años después el pionero exportaba tan sólo el 5% del total del sector. El señor Caffarena había creado —bajo su propio riesgo— un mercado que lo beneficiaba no solamente a él, sino también a todos los que lo imitaron y a la economía argentina en general.

Vergel no podía (ni debía) capturar todos los beneficios de su apuesta, a pesar de que fue la única empresa que corrió el riesgo de la inversión inicial. Éste es un ejemplo de lo que en jerga económica normalmente se conoce como externalidades positivas. El problema en estos casos es que, dado el beneficio disperso, el número de empresas que como Vergel se animan a ser las primeras en incursionar en un sector nuevo pero potencialmente rentable es menor que el que la sociedad necesita.

¿Cómo enfrentar estos problemas de eficiencia desde una perspectiva económica moderna? No es fácil. En América Latinatenemos amplia experiencia en episodios en los que, para corregir situaciones como la descrita y otras similares, el Estado ha pecado de empresario dispendioso, regulador obtuso o mercantilista descarado. Se entiende, pues, el escepticismo con el que se reciben en esta parte del mundo las soluciones gubernamentales para ‘solucionar’ las fallas de mercado. Casi como regla general, el remedio estatal ha sido peor que la enfermedad privada.

Pero la inacción no desaparece las ineficiencias. Como cualquier ciencia que se precie de serlo, la economía moderna debe dejar espacio para experimentar —con juicio pero con audacia— alrededor de algunos de sus paradigmas sobre el rol del Estado.

En el caso de los arándanos en Argentina, por ejemplo, una solución innovadora propuesta por especialistas del BID es un subsidio al pionero como un porcentaje de las exportaciones de los imitadores. De este modo se capturaría el beneficio social adicional generado por el inversionista inicial. Ésta puede no ser la solución ideal, para dar una idea de las alternativas disponibles fuera de la caja de herramientas tradicional de los hacedores de política.

En el Perú, el Ministerio de la Producción ha ensayado estrategias de acción innovadoras sobre el rol del Estado en la economía; algunas prudentes y razonables, como las mesas ejecutivas del exministro Piero Ghezzi; otras algo menos originales y sensatas, como la propuesta para extender los beneficios tributarios al sector acuícola del actual ministro Bruno Giuffra, una herramienta que se ha ensayado ya múltiples veces sin ganancias en eficiencia.

En cualquier caso, lo que se necesita a veces es menos dogma y más análisis empírico sobre lo que funciona y lo que no funciona respecto a los incentivos y las reglas de juego que impone el Estado. No vaya a ser que nos estemos perdiendo el siguiente cargamento de exportación de fruta dulce peruana de puro amargados. ■

EN SUMA. Que las soluciones estatales no siempre funcionen no es excusa para la inacción. Los incentivos a la producción requieren a veces más empirismo que seguir ciegamente las reglas de juego del Estado.

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